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El caballero de Olmedo Imprimir a/e
Javier Romero
21-07-2010

 

Que de noche le mataron...

 

Parece que todo empezó el miércoles 6 de noviembre de 1521. De hecho, empezó antes, cuando don Juan de Vivero, natural de Olmedo, hoy en la provincia de Valladolid, riñó con Miguel Ruiz, paisano suyo, y le dio de palos. Y de hecho debió empezar antes todavía, quién sabe si por unas tierras, unos perros, el amor de una dama o un quítame allá esas pajas. En realidad las cosas no siempre empiezan, simplemente son, así que no busquemos más allá. Volvamos en cambio al miércoles ese de noviembre, en que don Juan, acompañado por su escudero, criado o lo que fuera, un tal Luis de Herrera, transitaba por el camino de Medina del Campo hacia su pueblo natal. Cabalgaban ambos, el amo a caballo, el criado en una mula, cuando se toparon con el tal Miguel Ruiz, y tres hombres más, todos armados. Cuentan que Miguel Ruiz despachó de un lanzazo a Don Juan de Vivero, y luego dio órdenes a sus hombres para que mataran al mayordomo. Hecho lo cual se acogieron a sagrado en un monasterio, y de ahí marcharon a Valencia, y de ahí marcharon al olvido.

Don Juan de Vivero era persona de cierta alcurnia, Caballero de Santiago, excombatiente del ejército del Rey, “de noble y limpia sangre y hijodalgo”. De forma que el suceso debió tener aristas, más sombras que luces, antecedentes y muchas consecuencias, todo ello simplificado en una copla anónima:

“Que de noche le mataron
al caballero,
la gala de Medina,
la flor de Olmedo”

El hecho en su compleja realidad, y sus circunstancias, cayeron en el olvido (y en el olvido hubieran quedado si no llega a ser por la copla primero y por Lope de Vega después), la copla hizo fortuna por aquellas tierras. Lo demás: sangre, huida, odio, miedo, dolor, lamentos, tristeza... todo borrado, todo resumido en cuatro versos, ni siquiera alejandrinos.

En una fecha incierta entre 1615 y 1625, Lope de Vega construye sobre la copla su célebre obra, sin, al parecer, haber manifestado interés alguno por los fundamentos históricos del suceso. Ni falta que le hacía, por otra parte: en alguna parte he leído que todo aquello que no es vida es literatura, y Lope hacía literatura. La belleza del asunto, a mi modo de ver, es que tenemos, por una parte, un hecho real; por otra, una obra de teatro. Y entre ambas cosas, un nexo tenue, una copla que alguien de quien ni siquiera se sabe el nombre compuso, casi diríamos que expresamente para unir vida y literatura. O tal vez fuera para proyectar la vida hacia la literatura.

En la obra teatral, Don Alonso Manrique es el caballero, y la historia gravita alrededor de su amor por doña Inés y los celos de un pretendiente despechado, don Rodrigo. Alonso describe así a Inés:

“Por la tarde salió Inés
a la feria de Medina,
tan hermosa que la gente
pensaba que amanecía;

(...)

los ojos, a lo valiente,
iban perdonando vidas,
aunque dicen los que deja
que es dichoso a quien la quita;
las manos haciendo tretas,
que, como juego de esgrima,
tiene tanta gracia en ellas
que señala las heridas”

Esto es al principio de la obra. Hacia el final, es decir, un par de actos más tarde, camino de Olmedo, un labrador canta a Alonso la célebre copla a modo de advertencia. Pero ya es demasiado tarde: don Rodrigo y sus amigos llegan, le exigen que rinda las armas, cosa que  Alonso no hace; en cambio, les acomete a la voz de: “que aun siendo tantos, sois pocos”. Si alguien esperaba aquí un apasionante duelo a espada y daga, queda rápidamente desencantado por el pragmatismo de Don Rodrigo:

“Yo vengo a matar; no vengo
a desafíos, que entonces
te matara cuerpo a cuerpo”

Y uno de sus sicarios mata a Alonso de un disparo. Bueno, no lo mata del todo, que estamos en un corral de comedias del siglo de oro, de manera que le da tiempo a declamar unos cuantos versos más antes de espirar. Pero lo esencial de la historia ya está.

El disparo es la vida, la esgrima es la literatura.

 

Addendum

Mis conocimientos históricos son tirando a raquíticos. Lo que aquí explico me viene de la lectura del prólogo de Joseph Pérez a una edición de “El Caballero de Olmedo” de Editorial Castalia (1983).

Eso de que lo que no es vida es literatura se lo he leído a Saramago, “História do Cerco de Lisboa”.

Va por Lope, va por Saramago, y va por todos los escritores que nos han permitido asomarnos a otras vidas que, como no son vida, son literatura.

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