De hecho, no he dejado de querer, sólo que ahora he vuelto a visitarla, y quiero, querría, con más fuerza.
No puedo sustraerme al hechizo del pavimento, y si me distraigo termino mirando al suelo mientras ando, a ese suelo que mis pies comparten con otros pies. No sé qué busco, porque estoy seguro de que no busco inspiración. Ni recuerdos, aunque me gustaría poder encontrar alguno, aunque fuera prestado, o que alguien hubiera dejado olvidado. Tal vez no busco nada, sólo intento dejar algo de mí en esas piedras irregular y geométricamente dispuestas y pensadas. Como no sé si lo conseguiré, me hago con un par de ellas, con cara de estar abandonadas: un trocito de Lisboa en mi maleta, un trocito de Lisboa que tendré a la vista cuando vuelva a ver, o a leer, “Sostiene Pereira”.
Un día las fuerzas telúricas decidieron hacer tabla rasa con la ciudad. En la Baixa casi no quedaron edificios en pie, casas y palacios fueron al suelo de manera muy igualitaria; ni las iglesias resistieron, y eso parece ser que dio pie a interesantes debates teológicos. Cuando se llega a la Igreja de Sao Domingos, la fachada resulta casi anodina, y uno no ha de poner mucho de su parte para resistirse a la tentación de entrar. Por suerte tengo quien guía mis pasos, y atravieso el umbral sin estar preparado a darme de narices con heridas todavía frescas del terremoto de 1775, tan frescas que sobrecoge. Y ni siquiera sé por qué sobrecoge, que es peor.
Recuperado el presente, para retomar ánimos, nada como una ginginha en la esquina de enfrente. La ginginha no sólo pringa las manos, sino que además caldea el estómago y también alegra, no en vano es un licor de azufaifas, de donde viene la expresión “estar contento como una azufaifa”, que los catalanes han traducido por “estar més content qu’un gínjol”.
En la Alfama la historia escribió con renglones muy prietos, tan prietos que se superponen y devienen ilegibles. La Alfama es un barrio tan popular que uno no se lo acaba de creer. Tiene algo de mágico, pues hay sitios que unos días están y otros no, y una misma calle no lleva siempre a un mismo lugar, al menos para los de fuera. También tiene algo de inverosímil. Por ejemplo, una puerta de una calle tiene su número, pero la ventana de encima de esa puerta tiene otro diferente. Algo más allá, un portal se abre un metro y medio por encima del nivel de la calle. En un callejón que muere en un patio interior donde, si se disponen con sabiduría, caben tres coches pequeños, acaban de pintar dos pasos de peatones, dos, debidamente señalizados, para poder cruzar reglamentariamente entre dos aceras que de tan estrechas nadie camina por ellas. Todo eso, a primera vista, no parece lógico. Pero a lo mejor es una lógica escondida, y cuando miro a los paisanos en camiseta y pantalón corto disfrutando en la calle del fresco del atardecer me doy cuenta de que ellos deben entender esa lógica oculta, y juzgar mi lógica –nuestra lógica- como algo un tanto absurdo. Después de unas horas por la Alfama empiezo a pensar que tienen razón.
Son las fiestas, y en las callejuelas se disponen mesas y sillas, cubiertos y platos, jarrones, manteles; todo ello es de fortuna, improvisado, elemental, no hay uniformidad, ni falta que hace. Las cocinas también son de fortuna, y domina la carne y la sardina. Parecería como si cada vecino hubiera contribuido con algo de su vajilla, de sus muebles, incluso tal vez de su saber culinario. Los hogares prestan a la calle su menaje para que los vecinos se ganen unos escudos disfrazados de euros.
En la taberna de Chico se cantan fados. Los canta el patrón, los cantan los vecinos que pasan por allá, los canta una fadista que al entrar ha provocado un murmullo admirativo. Los cantan mejor o peor, pero siempre con respeto, desde muy adentro. Nos amontonamos en mesas de madera y sólo se oye hablar portugués. Mi hijo proclama, después de la segunda copa de vino peleón: “el fado es un estado de ánimo”. El que toca la viola (guitarra) y el que toca la guitarra portuguesa se marcan algún fado de vez en cuando, más el primero que el segundo, porque el segundo jadea un poco. Me fijo bien, y me doy cuenta de que el de la guitarra portuguesa sale corriendo en los descansos. Parece ser que está haciendo una sustitución del guitarrista residente en otra taberna. Al cabo de un rato regresa, acalorado, se sienta y a por la siguiente ronda de fados, al final de la cual vuelve a salir como alma que lleva el diablo. Las canciones van haciendo su efecto, el vino también, y terminamos borrachos de estado de ánimo. No deja resaca, al menos.
Los sábados, y algún día más creo, en los alrededores del Panteâo se monta un mercado, a Feira da ladra, una especie de rastro, encantes o marché aux puces. No está claro que el origen del nombre sea el que parece, aunque tanto da. Vinilos, tuberías de segunda mano, batidoras, ruedas de bicicleta, calcetines, abalorios usados, libros viejos, azulejos recién arrancados de casas al borde de la ruina, tinta china, eslabones de cadenas usados, tebeos, gafas, humectadores de sellos, bisturís, gomas de borrar todavía en buen uso, el inventario es infinito y nunca pensé que tantas cosas tan disparatadas pudieran ser objeto de trueque comercial. De nuevo aflora la sensación de absurdo, pero de absurdo subjetivo. En el fondo, no hay nada más lógico que llevar a un sitio las cosas que uno no necesita para que otros las usen, y cambiarlas por otras que sí necesita.
Por cierto, y para la esgrima: me lo decía el corazón, si buscaba bien, iba a terminar encontrando hojas de espada; usadas y rotas, claro, pero a la espera de que alguien les encontrara algún uso.