La fiesta del Corpus (Corpus Christi) se celebra sesenta días después del domingo de resurrección, por lo que siempre cae en jueves, y seguirá cayendo en jueves a menos que el domingo de resurrección deje de caer en domingo, cosa bastante improbable. Se trata de una fiesta hoy bastante olvidada, que litúrgicamente había pasado a celebrarse el sábado siguiente (cosas de la sociedad laica) pero que la Comunidad de Madrid rescató este año para cuadrar el calendario de fiestas (más cosas de la sociedad laica). Yo, que crecí en una sociedad a la que no se le permitía ser laica, conservo de los jueves de Corpus de mi infancia recuerdos gloriosos. Primero, porque era fiesta, y eso era grande en sí mismo. Segundo, porque estábamos ya en primavera descarada, con la promesa implícita y próxima de un verano infinito (ese que, por cierto y para nuestros niños, va siendo cada vez menos infinito, racionalidad pedagógica ante todo). Pero glorioso, sobre todo, por dos hechos singulares. El primero, por la mañana, el Ou com Balla, que veía de la mano de mi padre en la Casa del Arcediano o en el claustro de la Catedral. Por aquel entonces, mi padre era casi un gigante, y mi mano se refugiaba entera dentro de la suya, frime y segura, mientras, rodeado de gente, contemplaba con arrobo un huevo vacío haciendo innumerables cabriolas. El segundo, por la tarde, la procesión; la tarea de acompañarme recaía sobre mi abuelo, y yo me sentía feliz en su compañía próxima y cómplice, mientras desfilaban monaguillos, novicios, militares de alta graduación y pelotones de soldados marcando el paso, caballeros del Santo Sepulcro, custodia bajo palio, algunas damas con peineta, y todo esto entre dos hileras de centinelas que jalonaban el recorrido. Pocos entenderán de qué estoy hablando, pero es que les llevo la ventaja de haber nacido bajo una dictadura. Y digo ventaja por decir algo. Por cierto: el intenso amarillo de las flores de retama era otra característica, no sé si del día o de la procesión; la cuestión es que la retama florece por estas épocas
Bueno, la cosa es que una imprevista conjunción de circunstancias me ha llevado (traído, para hablar bien) a pasar el Corpus en Madrid. Ha sido totalmente involuntario, pero tampoco está mal del todo dejar que el destino (o el azar, o la providencia) te lleve o te traiga un poco. Como dudo que en la Villa jueguen a lo del huevo bailarín, y no estoy yo para muchas procesiones bien entrado ya el siglo XXI, me he dedicado a vagabundear, un poco por la ciudad y otro poco por mis recuerdos y divagaciones.
Empezar vagabundeos y divagaciones en la Plaza Mayor desayunando unos churritos es buena manera de empezar. También es un buen comienzo intentar comparar la Plaza Mayor con, pongamos, la Plaza Real, para meterse en el papel de provinciano, que es un poco lo que toca cuando uno va a Madrid. Y asumido el papel, qué mejor que ir a la Puerta del Sol a visitar el kilómetro cero de las carreteras nacionales, el ombligo geométrico del país. Y a su lado, el reloj desde donde se decretan los cambios de año. El espacio y el tiempo, ambos domados y medidos desde un mismo punto. Mientras sonrío ante la idea del origen universal de coordenadas que tengo ante mí, el eco de un escalofrío de hace levantar la mirada. El edificio que es ahora sede de la Comunidad de Madrid fue antaño sede de la Dirección Nacional de Seguridad, o Comisaría General de Policía, o como se llamara, que se debió llamar de muchas maneras sin cambiar su sustancia. El recuerdo me hace pensar que durante muchos años, no sólo se controlaba el espacio y el tiempo: también se controlaban a desafectos al régimen, subversivos, rojos y masones, vagos y maleantes, activistas y traidores: la retórica cambió un poco, las sustancia permaneció. Pero el tiempo fluye, y va lavando escalofríos, mientras turistas japoneses y provincianos como yo paseamos por los alrededores.
Sigo el garbeo, y mis pasos me llevan al Palacio de Oriente, la calle Preciados, la Gran Vía, la calle Mayor, el Congreso de los Diputados, la Cibeles, la Castellana (que de momento dejan igual sin necesidad de referéndum) y hasta vislumbro a lo lejos la Puerta de Alcalá y la verja del Retiro. Callejeo por el Madrid de los Austrias, y no me llego al Museo del Prado porque las fuerzas empiezan a fallarme. Madrid es una ciudad espléndida, de la que uno fácilmente se enamora, popular y aristocrática, echada pa lante y acogedora, insoportable y magnífica. Figura en la lista selecta de las que fueron capitales de un imperio, y un día dejaron de serlo. No me atrevo a hacer comparaciones, pero yo diría que, cuando se deja de ser capital de un imperio, cada uno reacciona a su manera: Lisboa lo hizo con resignación y un punto de nostalgia (saudade, par ser más precisos), Roma sin tomárselo muy en serio, París no ha acabado de enterarse, y Madrid lo lleva mal, aunque intenta disimular.
De repente me asalta una duda. ¿Por qué en Barcelona tenemos unos pocos clubes de esgrima y en Madrid tienen tantos? Aquí, contando con generosidad, necesitamos los dedos de una mano y un poquito más. En Madrid, deben superar la treintena. Y si atendemos a la distribución de licencias, las diferencias son todavía mayores
¿Tendrá que ver con resabios imperiales? ¿Con el reloj de la Puerta del Sol? ¿Con el vigor de la sociedad civil? ¿Con la afición a los churros? ¿Con el Corpus? Ninguna de estas explicaciones parece muy robusta. Queda abierta la cuestión.
Para rematar mi jornada, recorro algunos paisajes de interés personal. Otro bandazo del destino hizo, hace mucho, que pasara en Madrid algo más de un año de mi vida, y guardo buen recuerdo, bueno y agradecido, de aquel año. Así que anduve en busca de mis huellas por algunos rincones. Pero no. Alguien pasó el borrador, y mis sitios ya no eran mis sitios. Qué le vamos a hacer...
Nunca hubiera dicho que un Corpus en Madrid pudiera dar para tanto.