Entraba con mi madre en el cine de barrio (el Eslava, pero podía ser el Provenza, el Emporio o, más raramente, el Dorado) cuyo acomodador sabíamos que mostraba una generosa tolerancia en la aplicación moral del “no apto”, o quién sabe si un exagerado optimismo en la estima al alza de mi edad; me sumergía con deleite y un punto de abandono en aquella oscuridad que era una promesa siempre cumplida de aventuras y sucesos extraordinarios; me sentaba junto a mi madre en unas vetustas butacas y fijaba mi vista (mi vista es poco decir, fijaba mi yo entero) en una historia que andaba mediada (¿quién hacía caso de los horarios en los programas dobles de reestreno?) y cuya mitad perdida intentábamos inferir, cada uno en su silencio, a partir de la mitad vista; terminaba la película, intercambiábamos pareceres, unos pocos anuncios (nada soficisticado, filminas, cerebrito Mandri y cosas así) y la sesión continuaba, no en vano, oh pleonasmo, se llamaba sesión continua; la segunda película narraba su historia, y después de la segunda volvíamos a ver el principio de la primera, cuestión de contrastar hipótesis y empalmar el hilo. Si el tiempo lo permitía y con permiso de la autoridad, se podía seguir de nuevo la película hasta el final: las mismas escenas adquirían un nuevo significado, una coherencia más plena.
A veces un recuerdo regresa así, por sorpresa, con la contundencia dolorosa de un pesado golpe en el estómago. El recuerdo no es dramático, ni siquiera triste; más bien todo lo contrario. Tal vez lo único triste o dramático sea su calidad irreversible de recuerdo.
La pasión por las carreras de fórmula 1 no figura entre mis debilidades. Por eso hoy, mientras comía en la mesa de un restaurante desde donde, con el rabillo del ojo, podía vislumbrar una pequeña televisión desde donde transmitían la carrera de coches, he estado mucho más pendiente de la conversación familiar que del acontecimiento deportivo. A pesar de lo cual, al ver fragmentos de adelantamientos, colores que cruzaban raudos la pantalla, imágenes subjetivas y mecánicos enloquecidos cambiando ruedas con una pasión digna de mejor causa, he dejado que unas cuantas neuronas, emancipadas de mi córtex cerebral, fueran reconstruyendo la carrera. O lo intentaran al menos. Tal vez eso ha evocado el recuerdo anterior, y, sin duda, ha dado pie a la reflexión siguiente.
Para empezar, propongo un pequeño ejercicio basado en esa cosa tan rara que tenemos al principio del artículo: ahí tenemos unas partes, ¿alguien se atreve a inferir el todo?
La solución está al final. Hoy estoy metafórico (¿o debería decir alegórico?), de manera que la imagen que he enmascarado es el universo, el mundo que nos rodea. Las ventanas, los trocitos que conocemos, sabemos, entendemos. O creemos conocer, saber, entender... ¿Alguien ha conseguido inferir el todo? ¿Alguien se ha atrevido a intentarlo? En cambio, más de uno se atreve a inferir el mundo...
Y eso que probablemente he hecho las ventanas demasiado grandes y nítidas. Nuestra visión del mundo no es sólo incompleta: también es, a menudo, distorsionada. Esas pequeñas ventanitas que se abren sobre el inabarcable todo ni siquiera las abrimos nosotros: nos las abren otros (y nada voy a decir sobre la identidad de esos otros, ni menos sobre sus intenciones, no siempre todo lo honestas que se les debería suponer). Y no es sólo incompleta y distorsionada, sino también sesgada: nuestras personales ventanas ni siquiera están distribuidas uniformemente o al azar, sino que están agrupadas a nuestro alrededor, más o menos centradas en nuestro ombligo. Ese sesgo orienta (o desorienta) nuestras percepciones y nuestra representación intelectual del mundo. Y no es sólo incompleta, distorsionada y sesgada, sino también... podríamos seguir ad nauseam.
La situación es, en realidad, bastante deprimente. ¿Qué sabemos sobre Islandia, además de que exporta cenizas; sobre los piratas somalíes, además de que son los malos de la película; sobre los campesinos andaluces o extremeños, además de que sólo aspiran a vivir de los impuestos de los catalanes; de las islas Andamán, además de nada o muy poco? Y en cada uno de esos lugares o situaciones viven gentes con las que compartimos genoma y nombre binomial (Homo sapiens), planeta y, a la no muy larga, probablemente destino. Y eso era sólo un ejemplo.
Otro ejemplo más cercano: asistimos a un asalto de esgrima, lo vemos completo, no nos perdemos detalle. Ahí al menos no hay ventanas a partir de las cuales inferir... o eso nos parece. Pero andamos equivocados, pues las acciones, el diálogo de los hierros, las frases de armas, los fallos y aciertos, todo eso no es más que la superficie. Debajo, y reclamando su puesto en la realidad, está el entrenamiento, la ilusión o la indiferencia por el resultado, con quién ha pasado o dejado de pasar la noche el tirador de la luz verde, en qué sueña el tirador de la luz roja, esa odiosa gota de sudor que se desliza hacia el ojo o la cinta de la careta que no se ha ajustado bien y tememos que se desprenda en cualquier momento. En realidad tampoco ahí sabemos nada de nada.
Toda esa ignorancia puede llegar a pesar más que como una losa sepulcral.
Algunos habrá que ni lleguen a enterarse del peso de la losa, ni siquiera de su existencia. Y otros habrá que queden paralizados por su magnitud. Arreglados estamos con unos y con otros. Menos mal que siempre quedarán los que intenten ampliar las ventanas, colocarlas donde no las hubo, desmontar filtros y lentes para ver por sí mismos.
También es posible que algún espabilado aproveche el asunto para llenar su blog una tarde dominical después de contemplar fragmentos de bólidos por el rabillo del ojo y ser inopinadamente asaltado por un recuerdo.
Solución: "La Pesca del Atún", pintado por Dalí en los años sesenta. De hecho, la inferencia tenía una posibilidad, si uno conocía el cuadro, es decir, la estructura subyacente., que suponía una conexión (lógica o estética) entre las partes En el mundo, ignoramos cómo es la estructura subyacente; de hecho, ni siquiera sabemos si hay algún tipo de estructura...
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1.David Gomáriz | 11-05-2010 16:37:49 | Sense títol
Digno de admiración me parece también luchar por saber más, cuando de todas formas todos seremos barridos por el tiempo. Deja un gusto agridulce tu artículo, don Romero. Muy bueno, y da que pensar, como todos los tuyos... Bravo!! Un gran símil con lo del cuadro. Fabuloso!