Como íbamos diciendo... si nuestro tiempo lo marca el latido de nuestro corazón, hay tantos tiempos como corazones, y eso es un lío. Parece pues razonable que alguien en algún momento decidiera que nos teníamos que poner de acuerdo de alguna manera; así se inventaron los relojes, calendarios y almanaques, las edades de la historia y hasta las eras geológicas. Gracias a ello, sabemos cuánto hace que se formó la Tierra, cuánto hace que se extinguieron los numulites, cuánto dura un asalto, cuánto falta para que acabe la dichosa y plúmbea clase del profesor Romero o cuál es la vida media de un leptón. Organizada, estructurada, normalizada y medida esta caprichosa magnitud, podemos vivir más tranquilos; o al menos hacerlo ver.
De hecho, por saber, hasta sabemos cuando empezó el tiempo El tiempo tiene un origen absoluto, el bing-bang; por mucho que suene descabellado, el tiempo antes no existía, o eso aseguran los que entienden del asunto. No sé si tiene, por el contrario, un final absoluto. Tal vez el tiempo desaparezca cuando el universo alcance su muerte térmica, los cero grados Kelvin, si es que tal cosa puede llegar a suceder; pero eso cae muy lejos. Tan lejos, que la impresión es que nuestro tiempo viene a funcionar como una especie de ovillo que alguien echó a rodar hace ya mucho, y que nadie sabe cuando se desenrollará del todo. Así que ponemos el cero donde mejor nos parece y luego vamos sumando. Por ejemplo: hace 2010 años que se supone que nació Jesucristo, hace 1348 años (creo) que empezó la Hégira y hace 2553 que nació Buda. Y el año que viene, pues eso: 2011, 1349 y 2554, y todos contentos. Hay muchos calendarios, pero, que yo sepa, todos suman, cuentan el tiempo que ha pasado. Como si lo importante fuera eso, lo que ha pasado, y no lo que queda por pasar. Pero claro, como no sabemos lo que queda por pasar, no sabemos cuanto ovillo queda aún por desenrollar; una resta indeterminada, y por lo tanto incómoda.
Lo de sumar es todavía más absurdo si cabe en la medida del tiempo en algunos deportes. Un ejemplo flagrante es el fútbol, donde resulta evidente que a todo el mundo lo que le interesa son los minutos que faltan, y lo que puede suceder en ellos. Pero el reloj empieza en cero y va aumentando minuto a minuto, segundo a segundo. Tal vez sea por eso que los aficionados al balompié tienen una inusitada facilidad para restar de 45 y de 90. En otros deportes, en cambio, el cómputo del tiempo es más racional y el reloj marca el tiempo que queda: es el caso, entre otros, del balonmano y de nuestra querida esgrima, cuando las circunstancias permiten que haya un cronómetro visible, claro. En un asalto adoptamos una estrategia diferente si quedan tres minutos que si quedan diez segundos. Lo que queda, eso es lo importante. Los tocados que hemos conseguido, los tocados que nos han hecho, son fósiles en el registro geológico del asalto; lo que realmente nos preocupa y nos motiva son los que podamos hacer, o evitar, en el tiempo que queda.
Nuestro tiempo, el que nos es asignado, también lo contamos hacia adelante, sumando. No hay muchas opciones, que si viniéramos al mundo con la fecha de caducidad en la frente los cumpleaños serían momentos traumáticos, y les llamaríamos restaaños.
En la infancia, en la juventud vivimos como si fuéramos inmortales, y cumplimos años con fruición, devorándolo sin reparos, sumando y avanzando a velocidad de crucero por el tiempo de nuestra vida. Hasta que llega un momento en que se entra en una zona gris, en la que la evidencia de la resta como fuerza superior a la suma se hace presente. Yo diría que en esa zona gris entras el día en que te das cuenta de que hay cosas que ya no podrás hacer; o tal vez no es que te des cuenta, es que dejas de engañarte al respecto. Lo que no has hecho adquiere una condición real, densa, que todavía es modificable pero que se esboza como inevitable y definitiva en algún momento de un futuro más o menos próximo. Y de esa zona gris sales cuando, ante esa dolorosa revelación, escoges alguna respuesta. Por ejemplo, hacer como si nada. O bien acelerar. No es que esté mal, lo de acelerar, incluso puede ser una actitud vital encomiable. Pero hay un hecho irrefutable: la incompletitud es infinita, el tiempo que nos queda es finito. Con eso está todo dicho. Más respuestas: aferrarse a la sustancia de lo que ha sido la propia vida y querer más de lo mismo, para completar las últimas sumas como si se tratara de una especie de inconcreto salto de longitud, a ver hasta dónde llego. O bien, simplemente, aprender a vivir, mejor o peor, con esa sensación de incompletitud irrevocable. Salidos de la zona gris, ya no hay sumas, respecto al tiempo, sólo restas, restas sin minuendo pero restas de inconfundible cuenta atrás.
Qué cosas tiene el tiempo...
3 comentaris
3.David Gomáriz | 19-04-2010 15:16:49 | Sense títol
jejej... Vaya rabia lo de los pantalones!! Merci por la bibliografia!! Tomo nota ;-)
2.Javier Romero | 15-04-2010 22:43:28 | fugacidad
En efecto, muchas cosas hay fugaces, como la integridad de los pantalones en una competición, o mi continuidad en la misma si me cruzo con vos en una malhadada directa. Por cierto, alguna idea de mi artículo (y gracias por las alabanzas), la de la incompletitud, la saqué del libro de Pascal Mercier, "Tren Nocturno a Lisboa", El Aleph Editores.
1.David Gomáriz | 15-04-2010 08:05:50 | Sense títol
Me han impresionado mucho estos artículos sobre la fugacidad y relatividad del tiempo... Geniales, don Romero, geniales. Unas profundas y auténticas reflexiones.