SAM Esgrima Barcelona
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Javier Romero
05-04-2010

 

 

De segundos, corazones y átomos de cesio

 

 

 

 

Los físicos definen el segundo en función de un número (absurdo) de oscilaciones de la radiación emitida por un isótopo del cesio en determinadas condiciones. Aunque sé que no es del todo así, me imagino al átomo del cesio ese como el no va más de la indiferencia, siempre emitiendo al mismo ritmo, en el núcleo ardiente de una estrella, diluido en el océano de un azul y acogedor planeta o perdido en el vacío intergaláctico. Una especie de metrónomo cósmico, imparcial, insobornable, inamovible.

Nosotros, que no somos átomos de cesio, tenemos un metrónomo de naturaleza ago diferente: nuestro corazón. Metrónomo voluble y cambiante donde los hubiera, eso sí: diferente del día a la noche, del miedo a la tranquilidad, del sueño a la vigilia, del esfuerzo al reposo, de la ira al sosiego, del subir al bajar. Cuando me quito el disfraz de científico, me complazco en imaginar que no, que es al revés, que es nuestro corazón el que funciona como metrónomo universal, y que son los átomos de cesio los que aceleran o frenan sus oscilaciones para adaptarse al ritmo cambiante de nuestras emociones. Sería hermoso, ¿no?

Porque, en cualquier caso, en esto del tiempo hay gato encerrado. No todos los tiempos son iguales, digan lo que digan los átomos de cesio. El tiempo de la infancia es lo más parecido a la eternidad que nunca experimentaremos: un tiempo que discurre despacio, sin prisas, perezosamente. Luego, no sabemos cómo ni por qué, el tempo del tiempo empieza a acelerarse. Y luego se acelera más. Y luego más aún. Por cierto, mensaje para aquellos incautos que esperan una vejez donde puedan recuperar el lento transcurso de los días de su infancia: perded toda esperanza ya. Esto de que el tiempo cada vez sea más breve empeora con la edad, como casi todo.

Andaba yo preguntándome por las causas profundas del fenómeno cuando topé con una hipótesis que recupera la idea del metrónomo cardíaco. A ver si sé explicarla. Nuestro corazón late cada vez más despacio a medida que pasan los años, de modo que la frecuencia cardíaca de un bebé duplica (o más) la de un anciano. Y ese es nuestra unidad de tiempo subjetivo: el intervalo entre dos latidos. Si latimos deprisa caben más unidades de tiempo subjetivo en una unidad de tiempo objetivo, y entonces nuestro tiempo subjetivo es mucho más largo que si latimos despacio. Cien latidos en un minuto dilatan el tiempo, cincuenta latidos en un minuto lo encogen.

Ejemplos 1. Adrenalina. “Adrenalina”, dicen algunos, “Soy un adicto a la adrenalina”. Error de concepto: eres adicto a la taquicardia que te provoca la adrenalina, y con ella eres adicto a hacer durar más tu tiempo.

Ejemplo 2. Accidentes. En un accidente, de coche o moto, pongamos, mientras las energías cinéticas rugen enloquecidas a tu alrededor y te zarandean a un suspiro del desastre definitivo, cuentan que el tiempo parece detenerse, estirarse, y que miles de pensamientos caben en esos instantes en que el corazón late desbocado. Cuentan, y doy fe: necesitaría varios blogs para escribir todo lo que pensé un día mientras volaba por los aires, rebotaba en el asfalto y me dirigía sin control hacia una farola a la que, afortunadamente, no llegué.

Ejemplo 3. La esgrima. ¿Quién cree que un asalto de esgrima dura tres minutos? ¿Quién cree que un asalto de esgrima dura lo mismo que lo que se tarda en hacer un huevo pasado por agua? Y ya me diréis cuándo late más deprisa el corazón. Quod erat demonstrandum.

Puede que haya otras explicaciones. Pero esta me gusta lo suficiente como para no necesitar seguir pensando, que, no sé por qué, el tiempo cada vez me cunde menos, y no voy a desperdiciarlo en reflexiones ociosas.

Claro que, se me ocurre, puede haber algún átomo de cesio por ahí gastándonos alguna broma cruel....
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