SAM Esgrima Barcelona
Armas sin alma Imprimir a/e
Javier Romero
11-03-2010

¿Tienen alma nuestras armas? No se pierdan la respuesta a tan interesante cuestión. ¡Adelante, pasen y lean!

 

 

Empezaré aclarando que el título, que, si no nos ponemos muy estrictos, podría considerase una aliteración, me viene vagamente inspirado por “La tesis de Nancy”, de Ramón J. Sender. La protagonista es una doctoranda norteamericana que viene a hacer su tesis a España, sobre costumbres locales y casticismos varios, y descubre para la ciencia que un gitano ama tanto a su navaja (arma) que le da el mismo nombre que a su hálito vital, es decir, a su alma (pronúnciese en gitano).

 

Lo del alma es un concepto difícil, muy cerca de lo espiritual, por no decir netamente religioso, y por eso puede provocar una cierta reacción alérgica a algunos. Me alejo de tales terrenos pantanosos, y  a la vez proclamo que se trata de un concepto útil, en la medida en la que se refiere a la esencia del ser humano y, por extensión, de otro seres o entidades. Lo que nos hace diferentes de los demás seres vivos, o lo que me hace diferente a mí de ti, y a ti de aquel otro, puede ser un hálito divino, o una combinación de ADN, entorno y estímulos, hormonas, conexiones neuronales y neurotransmisores, libre albedrío y conocimiento y unas cuantas cosas más. Este conjunto de cosas es casi imposible de definir, ni por extensión (enumerando sus partes) ni por comprensión (enunciando una propiedad que las identifique unívocamente), así que… si a todo eso le llamamos alma, tampoco está tan mal. El lenguaje es también una forma abreviada de describir la realidad.

 

La palabra alma, cómo no, viene del latín, anima, que quería decir, originariamente, aliento, hálito. Tiene una cierta belleza el asociar el principio vital al aire que exhalamos, y la idea de la pérdida de ese principio, sea o no inmortal, trascendente o inmanente, a la última exhalación, la espiración por antonomasia que en honor a ser la última y definitiva recibe el nombre de expiración. Por otro lado, basta ver la cantidad de derivados de la forma latina que perviven en la lengua actual para entender la profundidad del concepto y su papel central, desde muy antiguo, en el pensamiento colectivo. Sirvan como ejemplos los siguientes: ecuánime, animoso, animadversión, unánime, magnánimo, e incluso, curiosamente, animal. Y muchos más.

 

Y lo mucho que da lo del alma para frases hechas, de notable potencia expresiva, y más que notable utilidad para la esgrima.

Así, estamos con el alma en un hilo, pendientes de quién nos va a tocar en la poule (liguilla clasificatoria preliminar en una competición, para los no iniciados). En los campeonatos de Cataluña absolutos de esgrima no hay un alma en las gradas, y no hay quien anime a los tiradores. Tal vez sea por eso, o tal vez sea por haber sido eliminado en una directa desgraciada, que más de uno anda como alma en pena por las pistas. Por el contrario, nos alegramos en el alma cuando a un compañero le va bien, y, a un punto de la victoria, ejecutamos un fondo con toda nuestra alma. Aquí quedará bien que diga que los maestros de armas son el alma de la Sala, pero no deja de ser cierto que algunos de ellos son tan desalmados que cuando pareces a punto de entregar el alma aún te piden cinco fondos más. Con un mal arbitraje se nos cae el alma a los pies, y después de la poule de los jueves algunos van, como alma que lleva el diablo, a una especie de turbia tierra prometida llamada “bocaditos”, o algo así.

 

Y si algún día nos enojamos profundamente, que no debería ser, pero imaginemos que llega el caso, es sólo un supuesto teórico, al causante de nuestro furor podemos amenazarle con “partirle la boca” (directo), “partirle la cara” (estético) o “partirle la cabeza” (funcional); pero si realmente queremos ser contundentes, profundos e integrales es preferible que la amenaza se refiera a “partirle el alma”.

 

Hurgando en el diccionario, descubrí que las espadas podían tener alma. En efecto se le da este nombre a una pieza de hierro forjado que forma el recazo y espiga de la espada y en la parte correspondiente a la hoja va envuelta por las dos tejas de acero. Está más que claro, ¿no? Le he dado vueltas, y creo que no es el caso de nuestras espadas, de nuestros floretes ni de nuestros sables. Por lo tanto, literalmente: utilizamos armas sin alma.


Post Data: pido excusas por la mercadotecnia (o sea, marketing) agresiva de la entradilla. Pero es que la competencia se está poniendo...

3 comentaris
 3.David Gomáriz | 15-03-2010 08:31:24 | Sense títol
jajaja!!! Repítalas, don Romero, repítalas. Le juro que me ha hecho mucha gracia, de verdad!! Así animamos el cotarro entre nosotros!! Prometo réplica ;-P

En cuanto lo de los bastones, no tenía ni idea. Que cosa mas chupi eso de bastones cargados... Que caballeros más ladinos. Un garrotazo con uno de esos ha de doler cosa mala.
 
 2.Javier Romero | 12-03-2010 22:35:35 | posible
Sí, es muy posible; en sus múltiples ramificaciones lo de alma se refiere también a aquello que se coloca en el interior de alguna pieza o elemento, normalmente para darles más fuerza o consistencia. Por ejemplo, había los bastones con "alma de acero", que eran armas disimuladas altamente eficaces en reyertas callejeras, de caballeros, por supuesto, que los proletarios no usaban bastón; conservo uno, legado de algún ancestro de cuyo nombre no quiero acordarme. Pero me temo que tal sutileza se ha perdido en nuestras armas. Igual que algunos hemos perdido la sutileza con nuestros sucios trucos de mercachifle, reconocido queda. No se repetirá.
 
 1.David Gomáriz | 12-03-2010 12:57:18 | Sense títol
¿Podría ser también eso de alma la parte más interna de la hoja? Lo digo por aquello de las famosas míticas toledanas que tenían un alma de hierro y su superficie era de acero para hacerlas más flexibles, pero tampoc me haga mucho caso, que lo digo de corrido y quizás me equivoco muy mucho.

PD: Está usted utilizando sucios trucos de mercachifle con sus entradillas, don Romero... ;-D
 
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