SAM Esgrima Barcelona
El Don Apacible Imprimir a/e
Javier Romero
23-01-2010


Sobre cosacos, sables y sablazos

 

Quien más quien menos habrá oído hablar de los cosacos. O al menos habrá dicho alguna vez aquello de que “bebe como un cosaco”, lo cual no sé si tiene mucho rigor histórico pero al menos es contundente como símil. Además de bebedores, yo diría que a los cosacos, en una visión más romántica que realista, se les atribuyen cualidades de fiereza, amor a la libertad, valor, lealtad, insumisión y algunas cosillas más por el estilo. A las cosacas, por cierto, nadie les atribuye nada, me temo. Por añadidura, es posible que a los enfermos de esgrima se les ocurra asociar a los cosacos con el manejo hábil del sable, un sable, por cierto, curvo y sin cazoleta ni guardas. Aunque, eso sí, el mejor uso del susodicho lo hacían a caballo, por lo que cuesta imaginarlos en una sala de armas con sus gorros de astracán.

En realidad, el pueblo cosaco es de origen incierto, probablemente nómada en sus inicios, luego asentado en las estepas del sur de Rusia, entre los mares Negro y Caspio, al norte del Cáucaso, y después con numerosas diásporas en lugares tan alejados como las orillas del Mar Blanco o Siberia. Étnicamente de base eslava, dicen que incluso en época medieval sus costumbres y organización eran muy poco feudales, una especie de democracia incipiente a su manera. No sé qué opinarán historiadores y antropólogos sobre la adquisición de su carácter guerrero, pero su situación en la frontera entre occidente (europa) y oriente (turcos y tártaros), entre norte (Rusia) y sur (Polonia) algo debió tener que ver. Las fronteras étnicas (o políticas, o religiosas) son bulliciosas como los labios de una falla, y los terremotos son frecuentes: los pueblos que las habitan se habitúan a la lucha, se impregnan de arte guerrero y adquieren cierta maestría en él; o perecen. Con la subida al poder en Rusia de la dinastía de los Romanov pasaron a gozar de un cierto estatus especial: a cambio del apoyo militar de tan notables luchadores a los Zares, recibieron trato de favor, tanto en forma de una cierta autonomía y respeto por su organización administrativo-politica como en forma de otras prebendas. No sin algún intento que algunos hoy llamarían “separatista”, este statu quo perdura durante muchos años, de hecho hasta la caída de los zares y la revolución de 1917. Durante este largo período, los cosacos son no sólo las tropas de élite del ejército ruso, sino que los más altos y mejor parecidos forman la guardia personal del zar. Los veremos de malos de algunas películas, como Doctor Zhivago, reprimiendo sin contemplaciones manifestaciones de obreros. Durante la guerra civil que siguió a la revolución, los cosacos volvieron a quedar en una especie de frontera. Aunque opuestos al ejército rojo, no acabaron de entenderse ni con los monárquicos ni con los mencheviques; de hecho, ni siquiera acabaron de entenderse entre ellos. La historia del pueblo cosaco en la Rusia comunista es, como la de muchos otros pueblos, trágica; en toda la amplitud y profundidad de la palabra, que son mucho mayores de lo que podemos sospechar.

Para algunos, los cosacos fueron traidores y lacayos, esbirros a sueldo de una monarquía caduca; para otros, luchadores indómitos por la libertad. Yo, sin estar del todo seguro, diría que no hay pueblos heroicos ni pueblos ruines. Esos son atributos esencialmente individuales, o como mucho aplicables a un segmento de una sociedad en un tiempo y un lugar, pero no a un pueblo. Y a este casi convencimiento he llegado después de leer “El Don Apacible”, de Mijaíl Shólojov, cuatro volúmenes de novela rusa en que los protagonistas son cosacos del Don, y que transcurre entre 1912 y 1922, época crucial y desgarradora para el pueblo cosaco. Son cuatro volúmenes densos a través de los que uno avanza con la plena convicción de sumergirse en un mundo de una riqueza humana excepcional.

Al Don Apacible me llevó una innata y nada razonada fascinación por los cosacos, a la vez que una admiración por la novela rusa sólo a veces atenuada por la pereza mental de enfrentarse a ciertas magnitudes literarias. Y del Don Apacible he venido aquí no para recomendar su lectura, que soy más bien parco a la hora de dar consejos, sino porque en sus páginas encontré algo que tiene que ver con la esgrima. O tal vez que no tiene nada que ver. Que cada uno juzgue.

Se trata del “golpe Baklanov”, inventado por un atamán del mismo nombre. En el libro no hay muchos detalles técnicos sobre su ejecución. Al parecer, se alza el sable por encima de la cabeza y se deja caer con fuerza hacia abajo según una trayectoria levemente oblicua, extendiendo el brazo y acompañando el movimiento con el hombro; de hecho, además de con el hombro, yo creo que el movimiento hay que acompañarlo con toda el alma, como se verá en seguida. Lo que sí se exponen con claridad son sus resultados: bien dado, abre un tajo que empieza en el hombro y acaba en la cintura, cortando (o casi) al enemigo en dos. Esta técnica se la enseña, al principio de la Gran Guerra, un cosaco oscuro y brutal (Alexei Uriupin) al protagonista, Gregori Melejov. Añade Uriupin que Baklanov, el inventor del golpe, usaba un sable con mercurio en su interior, para darle más peso y por lo tanto más eficacia a su sablazo. Aquí explicado, la cosa es una pequeña y como mucho morbosa curiosidad. Leída en el Don Apacible, es de una verosimilitud que te causa tanto desasosiego como el que sufre Grigori.

Mucho me temo que a lo largo de la historia, el uso de las armas blancas ha estado mucho más cerca del pragmatismo feroz y despiadado de Uriupin que de los refinamientos y formalidades de las películas de capa y espada, de los lances de honor y, por supuesto, de la esgrima. Lo cual, dicho sea de paso, no es desdoro para nuestra pequeña y entusiasta comunidad. Haber conseguido transformar instrumentos de dolor y de muerte en material deportivo para disfrutar y reír no es un logro baladí.

 

ADDENDUM

Antes me he permitido una licencia literaria. He dicho algo de “después de leer…”, cuando en realidad debería haber dicho “mientras leo”. Recordaba la obra en dos gruesos volúmenes, traducida al castellano, en la biblioteca de mi padre; pero no di con ellos. A cambio, encontré dos pequeños volúmenes de una traducción francesa de 1959, que contenían entre ambos sólo el primero de los cuatro volúmenes originales. Me lancé sobre ellos con avidez. Maravilla, las páginas del segundo no habían sido abiertas, y debía leer con un cortapapeles en la mano. Avanzar por el Don Apacible cortando cuidadosamente las páginas ha sido una experiencia inesperadamente intensa, inolvidable. Estoy ahora en paro forzoso esperando los volúmenes que me faltan… que, desgraciadamente, vendrán con las páginas separadas.

Una persona ha comentat aquest article.
 1.David Gomáriz | 26-01-2010 09:57:51 | Sense títol
Muy interesante esto de los cosacos. Y lo del golpe Baklanov :-)'
Qué curioso y recurrente es eso del golpe maestro y definitivo en la esgrima.

Totalmente con usted en lo del uso mortal de las armas blancas. No hay nada mejor que ver (y con suerte empuñar) alguna de esas armas que se hacían cuando se utilizaban para lo que fueron creadas (matar). Son, por lo general, armas funcionales creadas con la intención de sajar o estocar y acabar con su adversario de un golpe. Nada que ver con nuestro divertimento... Afortunadamente.
 
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