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Una técnica para encontrar palabras extraviadas y su (de momento imposible) aplicación a la esgrima
Sentarse en un banco al sol es placer al alcance de pocos y exquisitos gourmets, casi siempre pertenecientes a unos gremios bien determinados (jubilados y tercera edad en general, jóvenes soñadores, mamás con cochecito…). Hoy (es decir, hace unos días), sintiéndome un poco intruso por no pertenecer a ninguno de los anteriores colectivos, y gracias a una serie de afortunadas coincidencias, he ido a parar a un banco solitario, al sol voluntarioso y amable de principios de diciembre. Qué mejor circunstancia para, pluma y libreta en mano, ponerme a escribir un artículo para mi blog renacido.
La sensación de quedarse un rato quieto mientras el mundo atareado sigue en sus idas y venidas, en sus giros incesantes y prisas maníacas, es un punto embriagadora. Confiere alejamiento, distancia; la distancia se torna serenidad, y, entre una cosa y otra, la predisposición a la escritura es excelente. Claro que la predisposición a la escritura compite duramente con la predisposición a la divagación, o a la ensoñación, o al simple y elemental dolce far niente. Pero si uno ha respondido de buen ánimo a la invitación del banco, y se ha puesto a escribir sin saber lo que escribiría, en el fondo estos estados de ánimo no son tan dispares, y el papel en blanco y la pluma fuera de su capuchón (como una espada fuera de su vaina) son retos benevolentes que empujan a adentrarse en los mundos interiores del pensamiento inútil. De esa maravillosa inutilidad que tiene todo aquello que no persigue fin conocido o reconocido, me refiero.
Y así, sin darme muy bien cuenta, me pongo a redactar frivolidades que, de una manera u otra, terminan llevándome de vuelta a la esgrima. Vayamos por partes.
A menudo se me olvidan cosas, pero sobre todo a menudo se me olvidan palabras. La verdad sea dicha, la frecuencia de olvidos se va incrementando de forma insidiosa, provocativa, insultante; cosa de la edad, supongo. La primera vez, que yo recuerde, que extravié una palabra (y creo que aquí “extraviar” es mucho más adecuado que “olvidar”, ahora lo justifico) fue hace unos años cuando no pude dar con la palabra “carpaccio”. No es que la cosa fuera tremendamente grave, pero me dejó desasosegado, así que me esforcé y me esforcé, retorciendo mi cerebro y estrujando mis meninges, pero todo fue en vano. Así que pedí ayuda a mi familia:
“¿Cómo se llama ese plato italiano de carne cruda, cortada muy fina…?”
Las carcajadas taparon el resto de mi cuidadosa descripción del maldito carpaccio, mientras la palabra se me repetía una y otra vez, se me apuntaba en papeles, se me deletreaba… ¿Quién duda de que la familia sea el mejor báculo para la vejez?
Resuelto a no caer de nuevo en el mismo ridículo, decidí abordar el problema estructuradamente, esto es, en dos fases, a saber: uno, conceptualización del suceso; dos, soluciones y alternativas; tres, ruegos y preguntas. Nada como ser metódico…
Olvidando por completo mis rudimentos de neurobiología, decidí que lo que había sucedido era que la neurona donde tenía almacenada la palabreja en cuestión se había desconectado del resto, probablemente porque dendritas, cilindroejes, terminales axónicas y demás cableado empezaba a andar escaso de fuerzas y, en definitiva, a fallar. Una vez diagnosticado el problema, sólo quedaba determinar cómo reconectar las neuronas díscolas que subrepticiamente abandonaran mi red cognitiva.
La solución fue recurrir al pensamiento lateral, que no tengo ni idea de qué es, pero suena bien: moderno, eficiente, informal, innovador. Yo me lo imagino como si fuera, en vez de gritarle a la neurona díscola:
“Eh, tú, o te reconectas ahora mismo o te parto el alma”
pues disimular, no abordar el problema de frente, sino hacerte el desmotivado, rodear la cuestión central, dejas fluir la imaginación sin reglas lógicas ni secuencias de pensamiento ordenado, hasta que la neurona díscola baje la guardia y entonces, zas, terminal axónica captura dendrita, agarra fuerte y ya no la suelta. Una vez la tienes, construyes unas cuantas frases con ellas, los conductos se acostumbran y palabra recuperada.
En serio que funciona, y me ha permitido conservar parte de mi léxico. La última palabra que extravié fue “cardamomo”. Pensarán algunos que se puede mantener una calidad de vida muy aceptable prescindiendo de la palabra “cardamomo”, y es posible que lleven razón. Pero es una cuestión de principios, no pienso tolerar este tipo de indisciplinas neuronales. Y, como veis puesto que la he escrito, mis técnicas de pensamiento lateral dieron fruto y la oveja descarriada fue devuelta exitosamente al redil.
Sucederá algún día que no sólo olvidaré la palabra, sino que también olvidaré que la he olvidado. Me imagino que eso será culpa de que la neurona no se ha desconectado, sino que se ha muerto. Espero no olvidar que he de ir pensando en alguna solución para eso, pero lo dejamos para más adelante.
He estado intentando aplicar eso del pensamiento lateral a la esgrima, pero de momento no ha acabado de funcionar. En espada la cosa no parece muy eficaz, pues mientras intentas no abordar de frente el problema central (en tu mente), en la pista el problema central (también llamado adversario) va y, el muy innoble, te cose a tocados. El otro día probé en el sable, y peor aún. Intentaba hacer fluir mis ideas y, casi sin darme cuenta, venía uno vestido de plateado dando brincos y, zas, sablazo al canto. Bueno, será que esto de la esgrima es muy directo y no admite lateralidades. O será que hay que entrenar más este pensamiento no-lineal. O aprender pensar de otra forma.
O dejarse de tonterías y entrenar bien los fondos, los desplazamientos y las paradas. 3 comentaris 3.David Gomáriz | 23-12-2009 09:26:03 | Sense títolEso del pensamiento lateral es muy interesante. Descubrí el término hace un par de años y es un curioso planteamiento. Quizás deberíamos explotarlo más en esgrima para redescubrir las posibilidades de nuestras armas. 2.Javier Romero | 21-12-2009 14:30:00 | recursosTe doy toda la razón... Pero hay que tener recursos. Yo, para no verme privado del cardamomo mientras durara la huelga de mi neurona, administré mis reservas con sabiduría, y cuando éstas menguaron lo suficiente, me fui de compras llevándome un ejemplar de muestra. "¿Me pone unos cuántos como este, por favor?". Lo de recuperar la palabra era sobre todo cuestión de honrilla. 1.Wallada | 21-12-2009 13:30:27 | cardamomoOlvidar la palabra es preocupante, pero vivir sin el cardamomo, ese olor del país del Sham en el café... eso es peor. |