SAM Esgrima Barcelona
Florete francés Imprimir a/e
Javier Romero
05-12-2009

 

Historia verídica de un insólito desafío y de su algo cruento final

 

Uno de los legados de más valor que he recibido de mis padres ha sido el saber de personajes variopintos, extraordinarios, irrepetibles, singulares por uno u otro motivo. Y cuando digo saber me refiero a conocimiento directo o, como mucho, de segunda mano. Supe de ellos y, sobre todo, de sus hazañas, que los hicieron grandes, al menos a mis ojos, que no siempre a los de otros, todo hay que decirlo. A medida que pasa el tiempo, aumenta la inverosimilitud del conjunto, y también la de cada uno de sus elementos, de forma que mucho me temo que dentro de poco pasarán, sin que me dé cuenta, al estado de leyendas de mi personal universo mitológico.

 

Antes de que tal suceda, aprovecharé una pequeña historia de uno de estos personajes para edificación y solaz de mis lectores, si los hubiere, lectores, me refiero.

 

Eso sí: denominación de origen garantizada, o, dicho de otra forma, la historia es real, mucho más real que la vida misma, y me fue narrada por el propio interesado, en presencia de mi padre, garante discreto y severo donde los haya de la veracidad de las historias. Y, por si fuera poco, fue confirmada después por fuentes independientes. Por más señas, la narración tuvo lugar en una terraza de un bar de Cadaqués, frente al mar, en las postrimerías del atardecer de un verano vertiginosamente alejado en el tiempo. Como se verá a continuación, guarda cierta relación, no muy directa, con la esgrima, y ello me da pie a incluirla aquí.

 

Llamaremos Reg al narrador, y a la vez protagonista. Por supuesto, Reg ocupa un lugar destacado en la panoplia de improbables personajes antes aludida. Era Reg persona casi sin oficio y con muy poco beneficio, pero con una grandeur, congénita primero y duramente trabajada después, absolutamente excepcional; mixtificador, imaginativo, delirante, genial, desahogado y muchos adjetivos más (algunos francamente menos caritativos, verdad sea dicha) se le hubieran podido aplicar, y de hecho se le aplicaron (probablemente, esos menos caritativos en mayores dosis que los otros). En la lista me dejé uno crucial para esta historia: mujeriego. Esa es, por cierto, palabra en desuso, pero la historia se sitúa en la posguerra, así que el arcaísmo es deliberado y en absoluto anacrónico. De verbo deslumbrante, ingenioso y exhibiendo buena planta, el asunto de las conquistas (otro arcaísmo) se le daba, según dicen, bastante bien, sin excesivo respeto de altares y tálamos ajenos, como se verá a continuación.

 

En efecto, vino a suceder que, estando en una taberna con unos amigos –entre los que mi progenitor- se le acercó un individuo cuya mujer no había sido insensible a  los encantos primero y requerimientos después de nuestro protagonista. Un marido ofendido, para seguir con términos con aroma a naftalina. Parece que el tal marido, aún sin poder rivalizar con Reg  en brillantez oratoria, poseía, sin embargo, cierta fuidez en el terreno de la palabra gruesa y ofensiva; de su don verbal usó y abusó durante un rato, hasta que Reg le interrumpió y le espetó, más o menos, y con la sangre fría que se le supone a todo un caballero:

 

“Usted me ha ofendido. Le desafío a florete francés”

 

Desgraciadamente para Reg, el marido ofensor-ofendido era persona de educación, ideas y prácticas poco refinadas, de manera que la respuesta fue:

 

“¿Florete francés? –aquí omito una probable expresión peyorativa sobre la virilidad del asunto del florete francés- ¡¡¡A hostia española!!!”

 

Y, uniendo lo bello a lo útil, pasó de la teoría a la práctica con una pasmosa facilidad, demostrando que sus talenos no se limitaban a lo escatológico.

 

Recuerdo a Reg declamando, más que explicando, antes los ojos atónitos y admirados de un niño de doce años:

 

“Y me sacudió un puñetazo que me dejó los dientes como los flecos de una cortina”

(nótese la fuerza brutal, nunca mejor dicho, del símil empleado)

 

Y añadió como colofón:

“Al día siguiente, metí los dientes caídos en un bote de leche condensada y se los envié a aquel tipo para dejar zanjado el asunto”

Nobleza obliga, digo yo.

 

Mi padre había ido asintiendo con la cabeza durante toda la historia, salvo en lo de los dientes (pero sólo por el plural, según me matizó más tarde). Así que no hay duda sobre la veracidad del suceso, en todos sus extremos.

 

Desde entonces anduve intrigado por lo que pudiera ser un “florete francés”, y en qué se diferenciaba del común de los floretes, y por qué había sido el seleccionado para el duelo que se produjo luego con otras armas, en opinión del ofendido más hispanas y viriles. ¿Fue esa infantil curiosidad la que de una manera subconsciente me condujo mucho más tarde al mundo de la esgrima? Lo cierto es que sigo sin saber lo que es un florete francés. ¿Puede ser un florete con empuñadura francesa? ¿Pudo ser un pleonasmo? ¿Pudo ser una simple construcción de Reg para aumentar la dimensión literario-dramática de su enfrentamiento?

 

Reg murió a principios del año 2004. A su entierro fueron unos pocos parientes lejanos y mi padre. Yo no fui, alguna obligación importante me lo impidió, tan importante que ni recuerdo de qué se trataba. Lo lamento. Hubiera sido una forma de agradecerle su contribución a expandir las fronteras de mi mundo infantil.

 

Algún día cumpliré mi sueño inconfeso de batirme (de manera incruenta, por supuesto) a florete francés. Eso sí: iré con sumo cuidado a la hora de escoger a mi adversario. Y por si las moscas tendré a mano un bote de leche condensada.

 

5 comentaris
 5.mosquetera | 11-12-2009 18:40:38 | Sense títol
Jo! Habías vuelto y yo sin enterarme... Qué bien; siempre es un placer leerte.
 
 4.Javier Romero | 08-12-2009 22:25:03 | continente...
Entender la coherencia lógica y estética de ciertos actos ejecutados por mentes superiores está fuera del alcance del común de los mortales, o al menos del mío en particular. Ahora bien, puestos a aventurar alguna hipótesis, pongamos que usar un bote de leche condensada (vacío pero no limpio, imagino yo) es una altiva manifestación de desdén hacia lo que había sido un acto escasamente caballeroso.
Item más: existían en la época unos botes de leche condensada de cristal, al menos en la marca "El Castillo". Tal vez usara uno de esos.
 
 3.Aurelia | 08-12-2009 19:51:05 | contenedor inadecuado
¿A quién se le ocurre poner los dientes en un bote de leche condensada? ¿de esos de hojalata? Para meterlos, la tapa tiene que estar bastante abierta, así que se caerán. Mejor un bote de cristal, que, además , permitirá verlos. Aun mejor, una cajita de marfil, para que el continente sea una metáfora del contenido.
 
 2.David Gomáriz | 07-12-2009 08:29:00 | Sense títol
jajaja!!! Muy bueno. Como los flecos de una cortina... Qué grima.

Menudo elemento, don Romero. Pura carne de SAM.
 
 1.Dídac Gamero | 07-12-2009 08:15:02 | Sense títol
Impressionant.
 
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