SAM Esgrima Barcelona
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Javier Romero
23-11-2008

Una tarde después de una competición

 

 

 

No lejos de Amposta hay una tierra especial, joven y diferente, nacida no se sabe muy bien si de la disputa o de la colaboración entre el continente y el océano (¿será tal vez que disputas y colaboraciones son el fondo lo mismo?). Nacida del trabajo paciente de un río (o de muchos ríos que luego se hacen uno sólo), que exigió de la roca su tributo de granitos de arena (o de limo, o de arcilla) y que luego trajo esos granitos de arena (o de limo, o de arcilla) hasta el mar. Nacida del mar, que rechazó el tributo e intentó devolverlo a la tierra con sus olas y corrientes, hasta que granos y granitos quedaron amontonados, como en una especie de enclave, una tierra de nadie geológicamente efímera. Hoy el río, cansado (¿le cansaron de tanto entorpecer su fluir con embalses, de tanto quitarle agua?), y el mar, un poco menos joven, siguen discutiendo (¿o cooperando?) y perfiles, espacios y recorridos no dejan de cambiar, aunque nosotros, seres de vida breve, no nos demos muy bien cuenta.

 

Me adentro en el Delta siguiendo un canal. El agua es la sangre del Delta, y los canales sus arterias. Los canales principales siguen una cierta lógica, pero la lógica se difumina en los intermedios, y se pierde por completo en los más menudos. Sólo un loco podría haber diseñado ese sistema circulatorio; un loco, o un pasado denso y autónomo en que el Delta fue conquistado arrozal a arrozal, acequia a acequia, perdido y vuelto a conquistar, dividido y vuelto a juntar. CMLG7DeltaEbro.jpg

 

Los hombres y mujeres del Delta vienen de ese pasado tenaz y conquistador. Son gente de frontera, descendientes de aquéllos que, según se dice, empezaron robando agua de lo que debía ser un canal de navegación, y la inyectaron en lo que entonces era un mundo hostil y palúdico. Ahora, sienten por la tierra el apego de los que se la ganaron luchando a brazo partido.

 

La vista se pierde en un paisaje sin rocas ni bosques, eternamente llano pero cargado de personalidad. Los campos de arroz están por fin descansando después de una temporada agotadora; pues han sido preparados, abonados, arados, inundados, tratados, sembrados, tratados de nuevo, vaciados, cosechados, arados. Ahora, los dejan descansar, y el suspiro de alivio que deja escapar la tierra se siente en el aire, e  inspira paz, sosiego.

 

Sopla una suave brisa que apenas hace cosquillas a las lagunas. Las cosquillas se transforman en una leve sonrisa rizada, en unas olas minúsculas que se desvanecen sin un quejido en los cañaverales que rodean las aguas estancadas, como protegiéndolas. El agua que trajeron desde del río empieza a reencontrarse aquí con la sal del océano, y se toma un último respiro antes de volver al mar.

 

Cerca de la orilla, unos puntitos oscuros atienden a sus asuntos. Nadan, o andan, buscan alimento, se acicalan o esperan el momento para partir hacia otras tierras. En un baldío cercano, otros puntos, de color de rosa, rosa flamenco, dan una nota de color a la vez discordante y armoniosa.

 

Al acercarne al mar me doy cuenta de que abandono poco a poco el reino del fango para entrar en el de la arena. El reino de las dunas, y de las plantas que, a base de tesón y de fisiología, sobreviven en condiciones que hubieran desanimado a otros menos audaces. En un extremo, una barra, la barra del Trabucador, rectilíneo capricho de la geología, que señala hacia allá, hacia donde se pierde la vista y sólo hay arena, sal, pájaros. La barra del Trabucador es una frontera entre dos mares, entre dos mundos; a un lado, el mar grande, el de verdad, el que hoy gruñe amenazador pero sin maldad, mientras largas olas  fatigadas de tanto viajar vienen a descansar en su orilla. Al otro lado, el mar pequeño, el que, apaciguado por el abrazo del Delta, apenas ronronea y deja que los rayos del sol poniente se reflejen sin amargura en su despedida vespertina.

 

La tarde es diáfana, y el mar pequeño en vez de horizonte exhibe múltiples planos de siluetas de montañas cuyo nombre no me esfuerzo en recordar. Prefiero abandonarme a la quietud que me rodea, que lo rodea todo por todas partes. Pensar que a pocos kilómetros de allí, que a pocos minutos de allí, hay compañeros con sus caretas y trajes blancos se me antoja tremendamente irreal. Aquí sólo existe el Delta, como un puente imposible entre el agua dulce y el agua salada cuyo palpitar todo lo impregna.

 

De vuelta hacia el norte, cruzo el Ebro por última vez. Sus aguas cansadas siguen acudiendo a su cita con el mar, a su cita con el Delta.

 

Mi último pensamiento antes de dejar aquellas tierras es para los que siguen, espada en mano, luchando por una victoria, o por la Victoria. Que la fortuna les acompañe…

2 comentaris
 2.Carmen (Alicante) | 25-11-2008 17:00:12 | Sense títol
Después de leerte, miro el calendario de competiciones una y otra vez y me sigo preguntando por qué no tiramos también las féminas en Amposta. Claro, que para no perderme semejante postal, para mí todavía desconocida, tendría que haber optado por ir ese fin de semana allí a acompañar y animar a los chicos de mi club. Pero mucho más me arrepiento por no haber podido disfrutar de un paseo por el paisaje que tan bien nos describes. Me lo apunto en mi lista de tareas pendientes (con o sin competición de esgrima)
 
 1.Coyote | 24-11-2008 10:50:30 | Sense títol
Pura poesía. Estuve viviendo unatemporada en estos parajes y al leerte no me cuesta nada recordar aquellos paisajes tan especiales.
 
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