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Pitote, damajuana, cenutrio, romper, marchar…
Hoy en día quien más quien menos está preocupado por las especies en peligro de extinción, y no sin motivos. Un animal, un vegetal, un hongo, una bacteria, son el producto irrepetible de millones de años de evolución, y su extinción es irreversible. La naturaleza se empobrece, nuestro entorno vivo se hace más sencillo y banal. Nos esforzamos por evitar la extinción del lince ibérico, del antílope asiático o del ratón de agua etíope; bueno, algunos se esfuerzan más y otros menos, pero al menos la sociedad mira con indulgencia a los que intentan evitar la extinción.
Es menos común estar preocupado por palabras en peligro de extinción. Pero haberlas haylas; las palabras son también fruto de una trabajosa evolución, probablemente igual de irrepetible que la evolución biológica. Si se extinguen palabras, si mueren por falta de uso, la relación con nuestro entorno (social, intelectual, natural) también se hará más sencilla, más banal, más pobre.
Habrá quien alegue que a lo largo de la historia de la biosfera ha habido millones de especies extinguidas, y que la extinción es un proceso natural, e incluso necesario. También ha habido, en la historia de la humanidad, millones (¿me he pasado? no tengo ni idea del orden de magnitud) de extinciones de palabras, incluso de lenguas enteras. La vida, como el lenguaje, evoluciona y se adapta a una realidad cambiante, y la extinción es un precio que hay que pagar por ello.
Pero la preocupación nace cuando las extinciones empiezan a sucederse a velocidad de vértigo, velocidad sin precedentes en el registro fósil o en la historia. La creciente conectividad de nuestro mundo, en todos los aspectos (flujos de energía, de dinero, de información, de enfermedades y plagas, de materiales, de emociones…), no es ajena al fenómeno.
Pero dejemos estos aspectos tan teóricos, y dejemos también al ratón de agua y al camello silvestre.
Dicen que uno muere de verdad cuando ya nadie le recuerda; una palabra se extingue cuando ya nadie la usa. Reivindico, y quiero salvar de la extinción, algunas palabras que me son queridas. Ahí van.
La damajuana es un recipiente de vidrio o barro cocido, de cuello corto, a veces protegido por un revestimiento, que sirve para contener líquidos. Si le tengo cariño es porque los intrépidos aventureros y exploradores de Julio Verne (por ejemplo, el genial Otto Lindenbrock, de Viaje al Centro de la Tierra) saciaban su sed bebiendo de una damajuana. Realmente, es una palabra que no consigo colar en una conversación ni con calzador.
Un pitote es un alboroto o barullo, y era palabra que usaba mi abuelo en momentos de peligro para describir lo que podía suceder (“nos van a montar un pitote”) si nos descubrían en ciertas actividades de investigación química no autorizadas a las que éramos aficionados. A la sazón, ser objeto compartido de un pitote me parecía el no va más de la complicidad intergeneracional… Más tarde, en la mili, aprendí la variable cuartelaria pitostio, neologismo no homologado que añadía un plus de dramatismo blasfematorio al mucho más inocente pitote.
Cuando alguien sufría un leve desvanecimiento o turbación breve por alguna indisposición se decía que había tenido un vahído. Los vahídos no estaban al alcance de cualquiera, eran más propios de clases altas que de trabajadores, y más frecuentes en damas que en caballeros. Por mucho que me he esforzado, nunca he conseguido tener un vahído convincente, y mucho menos explicarlo a alguien con la distinción que la cosa requiere.
Otra palabra que aprendí en la mili y que conservo como oro en paño por su utilidad notable es cenutrio, que se refiere a una persona lerda, a un zoquete, vamos. Curiosamente, la palabra no admite femenino, probablemente porque implica una viril tosquedad, además de las consabidas escasas luces. Total, para qué vamos a ponerla en femenino, si en el campo masculino ya tenemos una amplísima panoplia de ejemplares que responden brillantemente al calificativo. El teniente chusquero del que la aprendí la aplicaba con poco discernimiento, pero considerable eficacia.
Finalmente, tengo una joya familiar, que es espelerido. Se aplica a aquél o aquélla con el cabello revuelto y en desorden. O al menos a tal situación lo aplicaba una tía abuela mía, que fue la que me reveló tan útil vocablo, incomprensiblemente ausente del DRAE.
Y podría seguir. Pero llego a dos ejemplos que espero que despierten conciencias y enardezcan voluntades. No creo que sea necesario recordar el significado de marchar y romper, probablemente las dos palabras seminales de nuestros primeros aprendizajes en la sala de armas. Aunque el DRAE no los reconoce como voces propias de la esgrima, encontramos entre las acepciones de marchar la de “caminar con cierto orden y compás”, y entre las de romper “abrir espacio suficiente”. Pues bien, dice Radio Macuto que estas dos palabras, en sus usos esgrimísticos, van a ser extinguidas por Real Decreto de la no menos Real Federación Española de Esgrima.
Personalmente, me opongo, y además prometo armar un pitote, y tirar una damajuana a la cabeza del cenutrio que lleve adelante tal amputación léxica, mal vahído le dé.
Addendum
En http://www.reservadepalabras.org/ veréis una iniciativa para salvar palabras, tanto en castellano como en catalán. Hay varios miles… Consulté la página después de hacer la selección de mis palabrejas, y comprobé que “damajuana” estaba ¡en sexto lugar! Pero no están ni romper ni marchar
2 comentaris 2.Javier Romero | 02-07-2008 21:37:23 | DivagacionesBueno... sí y no. No creo que el problema sea el ritmo. El ritmo actual de extinción de especies tiene cumplidos precedentes en las "cinco grandes" extinciones de la historia del planeta, una de las cuales implicó la desaparición de los dinosaurios y dicen que fue causada por la caída de un meteorito. Contra la caída de un meteorito no se puede hacer nada, películas de ciencia ficción aparte. Pero contra la desertización, la deforestación, la contaminación, el cambio climático, la explotación indiscriminada... sí. Porque un día puede suceder que la biosfera, que es el sistema de soporte vital de una nave espacial a la que llamamos Tierra, deje de funcionar correctamente porque faltan determinadas especies. No sé si existen datos sobre extinción de palabras. Pero suele hablarse de tres esferas o niveles de lenguaje: el vocabulario de una lengua (conjunto de palabras que existen), el conjunto de palabras que uno conoce y el conjunto de palabras que uno usa (léxico personal). Y hay coincidencia en que los dos últimos, que son los que dan vida, se están empobreciendo, uniformizando y banalizando. A lo mejor un día el lenguaje deja de funcionar correctamente porque faltan determinadas palabras, o las desconocemos, y hemos de señalar con el dedo en vez de hablar. Bien, creo que todo esto es un poco excesivo para un blog de esgrima... Será producto del calor. 1.Observadora | 01-07-2008 19:35:50 | más sobre la extinciónTe envio unas pequeñas reflexiones en torno a la desaparición de las palabras (y especies).
Supongo que la lengua, como la diversidad, deben ser procesos que se encuentren en estado estacionario dinámico. Es decir que hay palabras (y especies) que se extinguen y otras que se crean y se generalizan. Por lo que la desaparición de algunas palabras concretas (o especies emblemáticas), aparte del valor sentimental que les otorgamos, debe ser un proceso natural y difícil de evitar.
El problema es cuando la velocidad de desaparición de palabras es mucho mayor que la de aparición (o utilización) de nuevas palabras. Ello empobrece el vocabulario pero también empobrece el pensamiento. Sin riqueza léxica no hay pensamiento complejo.
Así como parece que la velocidad de extinción de especies va a un ritmo mayor que la creación de otras nuevas por lo que el mundo natural se uniformiza, no se si ocurre lo mismo con las palabras. ¿Hay motivos de preocupación?. Seguro que hay algún estudio por ahí.
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