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Ritos Imprimir a/e
Javier Romero
24-10-2010
Los ritos nos protegen frente a  la incertidumbre

 

Y a mí que siempre me pareció que rito tenía que ser el participio pasado del verbo reír; pues no: es un sustantivo hecho y derecho que hace alusión a cierto tipo de costumbres, con algún componente más o menos ceremonial, mejor aún si hay algo religioso de por medio. En caso extremo, un rito es un conjunto de prescripciones que regulan la celebración o las prácticas de un culto determinado, prescripciones invariantes y prácticas que suelen tener una base u origen simbólico.

 La palabra rito viene del latín, vaya sorpresa, ritus, ritus, cuarta declinación, y significa uso o costumbre, y también práctica religiosa. Me imagino, y eso es ya fruto de mi fantasía, que la acepción primigenia era la de una simple costumbre, un hábito, y que luego el concepto, líquido en un principio, se fue solidificando, cristalizando, hasta adquirir su sentido más ceremonial e invariable. Probablemente, en una de esas vueltas atrás tan propias de la evolución del lenguaje (y de la vida), usamos ahora a menudo rito para referirnos a una acción habitual y repetida que ejecutamos en determinadas circunstancias, aunque carezca por completo de cualquier significado simbólico o invocador. Personalmente, leo el diario cada mañana, y eso que lo que dice no difiere significativamente de lo que ha dicho el día anterior o de lo que dirá el día siguiente, a pesar de los esfuerzos de los redactores. Además, lo poco nuevo suele ser escasamente edificante. En el fondo, es un acto que no me aporta nada, pero que me pone, cosa paradójica, en paz con el mundo, o tal vez sea en paz conmigo. Aunque ahora me surgen dudas de si no es más bien una adicción, o un hábito compulsivo, o simplemente una conducta evitatoria para retrasar el momento de iniciar la jornada. La verdad es que no lo sé, pero seguro que más de uno le llamaría rito.

 Una costumbre es una forma de proceder vagamente repetitiva. Es decir, es la reiteración aproximada de ciertos actos, actos que tienen, o al menos tuvieron en su origen, un valor adaptativo, es decir, que proporcionaban a quien las ejecutaba una mayor esperanza o calidad de vida. Aunque el diccionario no me respalda del todo en lo que voy a decir, opino que cuando la repetición es menos vaga y más consistente, la cosa deviene un hábito. Me baso en que la primera acepción de hábito (DRAE) es la de atuendo que se usa en función de un estado o condición. Curiosamente, en latín la primera acepción de habitus es “aspecto exterior”. Por lo tanto, en castellano hábito sería un aspecto exterior escogido para manifestar algo relativo a la condición de uno, o al menos intentarlo (el hábito no hace al monje, que se dice). Los hábitos serían pues costumbres que nos visten. De ahí surgen algunas variantes; por ejemplo, los hábitos pasajeros serían modas, mientras que las costumbres vinculadas a la historia de una comunidad, tradiciones. E incluso tenemos una cara oscura: un hábito que nos es nocivo sería un vicio, y un hábito al que no podemos sustraernos sería una adicción. Más allá de los hábitos llegan los ritos, que son los fósiles de los hábitos, y que cuando se articulan unos con otros generan una liturgia.

 En la evolución de la costumbre al rito (o a la liturgia), pasando por hábitos, tradiciones y demás, se pierde el valor adaptativo directo. Pero no el indirecto: estamos, en todos los casos, ante armas contra lo imprevisto. Volvamos a los ritos, y a una de sus propiedades esenciales, como las de cualquier fósil: su invariabilidad. Un rito es absolutamente predecible, y es, por lo tanto, un refugio acogedor frente al frío exterior de la incertidumbre.

 Por mucho que esto de los ritos suene a anticuado y carcunda, en realidad el mundo está lleno de ellos. Aparte de los religiosos, que son legión, el mundo está lleno de ritos: ritos de iniciación, de purificación, de apareamiento, ritos mortuorios, de fertilidad, de la primavera… Por cierto, a lo mejor algunos de ellos tampoco están tan mal. Y, en cualquier caso, alguna forma de huir de la incertidumbre, aunque sea por un ratito, tenemos derecho a tener.

 Y por supuesto, mirémonos en una competición, o incluso en un asalto amistoso. Aceptemos que es costumbre comprobar el material eléctrico, ya que tiene un sentido práctico. Pero luego saludamos, o hacemos ver que saludamos, con el arma, al árbitro, al contrario y al público, en un movimiento complejo (y que, por cierto, cada vez se simplifica más), y al acabar el asalto nos damos la mano (la izquierda, salvo el 10% de los esgrimistas) y gruñimos un “gracias” o un “bien hecho”. Esto de la mano izquierda es un inmejorable ejemplo de lo que decía antes: en sus inicios, fue una costumbre dictada por la prudencia (en la derecha se conserva el arma, por si el adversario comete alguna traición), y por lo tanto con valor adaptativo. Ahora es una forma ritual de terminar un enfrentamiento deportivo.

 Enfin: que quien esté libre de ritos tire la primera piedra.

 

 
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